23/11/2005

Introducción a la sombra

¡Bienvenido a mi casa!
¡Entre libremente
y por su propia voluntad!
Bram Stocker. DRÁCULA
“En cierta ocasión a un leñador que iba por el bosque se le cayó el
hacha justo cuando pasaba cerca de un profundo lago. El hacha se hundió, y el
leñador quedó llorando a la orilla del lago, pues era muy pobre y acababa de
perder su instrumento de trabajo.
De pronto, del lago surgió un hada, que de
pie sobre las aguas le preguntó:
-¿Qué te ocurre, por qué lloras?
-Se me
ha caído el hacha al agua –contestó el leñador- y sin ella no puedo hacer mi
trabajo.
El hada se hundió en el lago y a los pocos instantes reapareció
llevando tres hachas. Una era de oro, la segunda de plata y la tercera era la
humilde hacha de hierro y madera del leñador.
-¿Es tu hacha alguna de estas
tres? –preguntó el hada.
-Sí- respondió el leñador señalando su hacha-, esa
es.
-¿No preferirías la de oro o la de plata?
-Claro que sí; pero tu me
has preguntado cuál era la mía, y te he contestado.
-En premio a tu
honradez, te regalo el hacha de oro –dijo el hada entregándosela.
El leñador
se marchó entonces muy contento. Por el camino se cruzó con un conocido, que al
verle tan alegre le preguntó:
-¿Qué te pasa que estás tan contento?
El
leñador le contó su asombrosa aventura, y el otro, envidioso, fue corriendo a su
casa a buscar un hacha. Luego fue al lago, la tiró al agua y se puso a gemir.
Apareció el hada al cabo de unos minutos y, como el caso anterior, le
preguntó qué le pasaba.
-Se me ha caído el hacha al agua –mintió el hombre.
El hada se hundió en el agua y reapareció llevando en una mano un hacha de
plata y en la otra la que aquel farsante acababa de tirar.
-¿Es alguna de
éstas dos? –preguntó el hada.
-No, no es ninguna de esas dos; la mía era de
oro.
-Por embustero te quedarás sin ninguna –dijo el hada y se hundió en el
lago llevándose las dos hachas.”[i]

Es obvio que las fantasías infantiles que todavía permanecen en el inconsciente, están continuamente en juego, en el mito, en el cuento de hadas y en las enseñanzas de la iglesia como símbolos de una conciencia que extraña vez opta por manifestarse.
El hada que aparece desde las profundidades y trae el hacha de oro en las manos, revela un mundo insospechado y el individuo queda expuesto a una relación de poderes que no entiende correctamente. Es ella la representación de esa profundidad inconsciente (tan profunda que el fondo no se ve) donde se acumulan todos los factores, leyes y elementos de la existencia que han sido rechazados, no admitidos, no reconocidos, ignorados, no desarrollados. Algunas veces el hada se puede manifestar en otras leyendas o cuentos como dragón, rana o serpiente, lo cual se vuelve aterrador y monstruoso ya que representa una amenaza; pero es este personaje quien nos ofrece la riqueza de las profundidades, como el dragón que vive bajo la montaña quien vigila cautelosamente su tesoro para que sólo el osado pueda tener acceso a él o morir en el intento de obtenerlo.
Es fácil llegar a comprender que estos seres de las profundidades han servido de chivo expiatorio y de receptáculo de todo tipo de emociones e impulsos amenazadores e inaceptables. Otros, han sido creados por la humanidad para justificar su maldad o deseos reprimidos que producen una sensación de fracaso o impotencia, sirviendo como un recipiente en el que se depositan todas estas actitudes rechazadas tales como el demonio, el golem[ii] o el vampiro.
A lo largo de la historia, la sombra ha aparecido ante la imaginación del ser humano asumiendo aspectos tan diversos como, por ejemplo, un monstruo, un dragón, Frankenstein, una ballena blanca, un extraterrestre, o algún personaje tan ruin que difícilmente podemos identificarnos con él y que rechazamos como si de la Gorgona se tratara. Una de las principales finalidades de la literatura y del arte ha sido la de mostrar el aspecto oscuro de la naturaleza humana.
En la terminología jungiana La sombra es una figura que se nos aparece en sueños, en las fantasías y en las realidades externas; encarna cualidades de nosotros mismos que nosotros preferimos no reconocer como nuestras, de así hacerlo, nuestra propia imagen quedaría de alguna manera afectada. Nuestra sombra es la que nos persigue en sueños perturbando el ambiente con sus hechos inadecuados o insinuaciones demoníacas. Es un constante agente irritante. Casi cualquier cosa que hace nos resulta molesta. La sombra no consiste sólo en negaciones. También se muestra con frecuencia en un acto impulsivo o impensado. Antes de que se tenga tiempo de pensarlo el comentario funesto sale a la luz, se ejecuta una decisión errónea y nos encontramos con resultados que en ningún momento pretendimos o deseamos conscientemente.
La sombra opera como un sistema psíquico autónomo que concluye lo que es el yo y lo que no lo es. Cada cultura, e incluso cada familia, tienen ciertos preceptos que concretan de forma distinta lo que corresponde al ego y lo que corresponde a la sombra. Por ejemplo, existen diversas sociedades en donde el desarrollo intelectual es apenas tolerado u otras en donde la expresión de la ira o la agresividad son completamente aceptadas.[iii] Jung definió “la sombra” como la suma de todas las facetas de la realidad que el individuo no reconoce o no quiere reconocer en sí y que, por consi­guiente, descarta. La sombra personal es como “el otro” en nosotros (el re­verso del ego), el aspecto que nosotros, erróneamente, consideramos negativo de la personalidad, la suma de todas aquellas cualidades desagradables que desearíamos ocultar.
Es importante comprender la diferencia crucial existente entre la sombra y la verdadera maldad. La sombra no es el mal, la sombra es únicamente lo opuesto al ego. Jung expresó que la sombra contiene un noventa por ciento de oro puro (como el hacha del hada del lago). Por más perturbadora que pueda parecer, la sombra no es intrínsecamente mala. Es más, perfectamente podríamos decir que la negativa del ego a comprender y aceptar la totalidad de nuestra personalidad [lo “bueno” y lo “malo” de ésta) es más responsable que la misma sombra en la etiología del mal. La sombra representa aquellos atributos o cualidades poco conocidos o desconocidos del ego, aspectos que en su mayoría pertenecen a la esfera personal pero que también podrían ser conscientes. En algunos casos la sombra también contiene factores colectivos procedentes del exterior de la vida personal del individuo.
Hablando colectivamente, nuestra sociedad occidental nos ha impuesto miedos, deseos, penas, acciones, los cuales se ven totalmente opacados por las normas de conducta y aceptación que rigen nuestra entidad.[iv] Por ejemplo la lujuria, el erotismo, pulsiones de muerte, actos impulsivos, envidias, ambiciones, deseos de inmortalidad que se vinculan estrechamente con la eterna búsqueda de la fuente de la juventud, pulsiones suicidas y una larga serie de expresiones de la sombra las cuales han sido fuertemente reprimidas y no se les ha dado un cause adecuado en sus diferentes manifestaciones. Debido a esto, enfrentamos problemas como la intolerancia, el miedo a la otredad, xenofobia, homofobia, represión e ignorancia sexual, miedo a la muerte y al envejecimiento y una gran lista de conflictos e ideas que han ido engordando gracias a los medios de comunicación y a las actitudes morales y éticas que nos dicta nuestro entorno.
Es necesario establecer vínculos entre nuestras aspiraciones que a veces parecen indeseables o son objetadas por nosotros mismos, ya sea un miedo al rechazo o a romper los esquemas que nos han y hemos implantado.
William Blake, God and Evil
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[i] Hans Christian Andersen. El Hada del Lago
[ii] Los cabalistas llamaron Golem al hombre creado por combinaciones de letras; la palabra significa literalmente, una materia amorfa o sin vida.
En el Talmud (Sanhedrín, 65,b) se lee:
Si los justos quisieran crear un mundo, podrían hacerlo. Combinando las letras de los inefables nombres de Dios, Rava consiguió crear un hombre y lo mando a Rav Zera. Este le dirigió la palabra, como el hombre no respondía, el rabino le dijo:
- Eres una creación de la magia, vuelve a tu polvo.
La fama occidental del Golem, es obra del escritor austriaco Gustav Meyrink.
Jorge Luis Borges también escribió sobre este mítico ser un poema que lleva por nombre El Golem.

[iii] El motivo de gloria, o el afán de prestigio, es una de las causas más frecuentes de conductas agresivas. Las cazas de cabezas, por ejemplo, aunque unas veces es resultado de prácticas religiosas, puede también atribuirse al deseo intenso de un trofeo que eleve a su posesor a una situación más alta en su comunidad. Otto Klineberg señala en su libro Psicología Social,,FCE. Méx. 1992, que entre los asaba, del rió Níger, el hombre recibe un título honorario si ha realizado una acción valerosa y gana con mayor motivo ese título si ha matado a otro hombre.
[iv] Robert Bly señala en el capitulo 1 de Encuentro con la sombra “el gran saco que todos arrastramos“ Ed. Kairos España 1994 p. 41, que en una cultura que se guía por modelos ideales como la nuestra, el lado amable tiende a hacerse cada vez más amable y a anular otros aspectos, por ejemplo, el cristianismo suele despojarse de la sexualidad, pero con ello termina deshaciéndose también de la espontaneidad.

1 comentario:

Lilith Galactik dijo...

Como ves, los temas serios no son tan visitados como las tangas...